Rastros de Borges en la Biblioteca Nacional

Lo que contaré a continuación es un pretexto más para enseñarles un encuentro que se hizo hace poco entre los fondos de la Biblioteca Nacional. Durante la pasada Feria internacional del Libro de Bogotá, pasó por Bogotá Alberto Manguel, reconocido escritor, traductor y editor argentino. Por intermedio de Catalina Holguin, quien estaba coordinando la agenda de algunos escritores por esos dias, Manguel logró una visita a la Biblioteca Nacional pues le interesaba conocerla. Así convinimos y nos encontramos los tres para recorrerla. Manguel es un reconocido escritor pero también un afamado lector, y aunque reconoce que a Borges no le importaba quien le leyera, éste es un título simbólico que ostenta con gusto.

Lo primero que aparece al ingresar al depósito del Fondo antiguo es el Fondo Arciniegas, donado en 1999 a la Biblioteca Nacional. De inmediato manifestó su interés en conocer un poco más la biblioteca de Germán Arciniegas en su empeño de encontrar algún rastro de Borges allí. Con un olfato de lector, que sólo poseen unos pocos, preguntó por los títulos del escritor argentino que Arciniegas acopiaba en su biblioteca. Luego de mencionarle los 8 títulos que arrojaba el catálogo, y luego de dudarlo un poco nos dijo “La traducción al alemán de El Zahir”. Un librito de 66 páginas del cuento de Borges, editado en 1964.

F. Arciniegas 8381

Lo abrió y ahí estaban, unos trazos temblorosos pero legibles, era la firma de Borges, la misma que genera tanta curiosidad y admiración, la que valoriza cualquier libro, la que evidencia el paso de aquel escritor, la huella que muchos, como Alberto Manguel, se dedican a rastrear por el mundo:

 Ricardo Rivadeneira investigador, y colaborador permanente de la Biblioteca Nacional, tiene una entrada en su blog sobre la visita de Manguel a Bogotá que les recomendamos consultar si quieren conocer un poco más sobre lectores, lecturas y por supuesto, Borges. http://ricardorivadeneira.blogspot.com/2011/09/alberto-manguel-revisitado-por-ricardo.html

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Algunas pesquisas sobre José Maria Vergara y Vergara bibliófilo (II)

(II)

De lo que a continuación me interesa ocuparme es de algunas cartas dirigidas a Vergara y Vergara del diario El Heraldo, del que se ocupó desde 1860, y que figuran en los números 450 y 462 de El Catolicismo del año 1860 y 1861, respectivamente.  También sería importante revisar la obra de Vergara Vida y escritos del General Antonio Nariño, ya que la temática constituye un motivo de discusión en algunas cartas como aquélla que Vergara dirige a Anselmo Pineda.

Pues bien, he revisado los números de 1860 y 1861 de El Catolicismo, periódico oficial del arzobispado de la Nueva Granada, dirigidos a José María Vergara a propósito de su redacción en El Heraldo, y se trata más que todo de una diatriba en contra del carácter del Heraldo en relación con el conservadurismo que proclama y con cuyas premisas no cumple, según El Catolicismo y siendo este último también un diario conservador. Es decir, finalmente, no encontré allí ninguna referencia que aportara a la búsqueda sobre la dimensión bibliófila de Vergara o sobre los materiales de su biblioteca; sin embargo, la revisión fue interesante en la medida en que da luces sobre la dimensión pública y política del personaje en su época.

Una coincidencia afortunada fue la de encontrar un artículo en el número 36 de El Mosaico de octubre 8 del año 1871, escrito por Vergara y Vergara e intitulado Una visita a Manzoni- A los Sres. redactores del El Cóndor. Allí Vergara recuerda el viaje que hizo a Italia del que recientemente había llegado y aprovecha dicha ocasión para referirse al encuentro que tuvo con el autor de I promessi sposi. Antes de entrar a hablar directamente sobre la visita que hizo a casa de Alessandro Manzoni, Vergara declara que cuando arriba a un país por primera vez lo que más le interesa es el hecho de poder frecuentar a los hombres ilustres que allí se han producido, incluso más que visitar monumentos históricos y lugares característicos.

Es así cómo en sus viajes a lo largo de Europa mientras desempeñaba el cargo de secretario de algunas legaciones diplomáticas para Colombia en varios países, y adelantaba gestiones para la fundación de la sedes correspondientes a la Academia Española en América, logró concertar encuentros con los más insignes personajes de su época en diversas latitudes: en Bruselas, Hendrik Conscience; en París, Auguste Nicolás; en Roma, el Papa Pío IX; en Madrid, Juan Eugenio Hartzenbusch, Gaspar Núñez de Arce y Ramón de Campoamor; en Lorca, José Selgas y Carrasco; en Sevilla, Fernán Caballero; en Bilbao, Antonio Trueba; en Saint-Malo, la tumba de Chateaubriand. Cuando llega a Milán, Vergara se halla especialmente interesado en lograr entrar en conocimiento con Cesare Cantù, Silvio Pellico y Alessandro Manzoni, a quienes tenía como sus tres italianos favoritos. Sin embargo, Silvio Pellico ya había fallecido y en lo que respectaba a Cantù, había partido a Roma. Así pues, su atención se centró en la búsqueda de una cita con Manzoni.

Antes de contarnos sobre esta cita propiamente, Vergara hace un comentario sobre el perfil de este escritor y para ello cita un artículo francés de crítica literaria en donde el autor, al momento de  entregar la corona a quien para él sería el más grande  poeta del siglo, vacila entre Lord Byron, Víctor Hugo y Manzoni. Para Vergara la selección padece de claras omisiones, bien sea por desconocimiento o por olvido, en tanto la vacilación es en gran parte defectuosa. En primer lugar, Vergara agregaría a Manuel José Quintana, Lamartine y, por supuesto, a Chateaubriand.

Sin embargo, Vergara enumera una serie de razones por las cuales ni el influjo de violentas pasiones en la escritura de Byron, o el orgullo y pedante amor propio de Hugo, así como el ateísmo de Quintana, el panteísmo de Lamartine o el interés que demuestra Chateaubriand en que el lector le adore, permitirían que, en su opinión, el título le correspondiera a alguno de ellos. Muy al contrario del  autor de tal artículo, Vergara no vacilaría en dárselo a Manzoni, pues además de ser cristiano es un gran poeta, no busca que el lector le adore como Lamartine o Chateaubriand, ni se adora a sí mismo como Hugo; en palabras del propio Vergara, “su poesía es magnífica y su moral, pura”.La visita no puede dejarle una mejor impresión del escritor milanés a Vergara, quien al verlo aseguraría que tendría unos setenta años, cuando en realidad roza Manzoni los noventa y cinco.

Este artículo de Vergara me fue muy útil en la medida en que me esclareció un panorama de preferencias literarias contemporáneas del escritor santafereño, lo cual posibilita el paso siguiente que consiste en cotejar esta lista de nombres de autores que hemos podido ir recogiendo en la bibliografía y prensa sobre Vergara, con los títulos que efectivamente constituyeron su biblioteca personal.

En la revisión del catálogo de materias del Fondo Vergara y Vergara que hace Martha Rosas de la Parra, hallé ciertas correspondencias con autores que habían sido mencionados en los artículos sobre Vergara y que a continuación enumero, así como también algunas ausencias que habría que revisar por qué razón no figuran allí:

–          Manuel Bretón de los Herreros

–          Alphonse Marie Louise de Lamartine

–          Fernán Caballero (aunque aparece en el índice de autores, no figura en la página a la que allí remite el índice).

–          Silvio Pellico

–          Henrik Conscience

–          José Selgas y Carrasco

–          Melchor Gaspar de Jovellanos

–          Pedro Herrera Espada

En lo que respecta al catálogo del Diario Oficial, las coincidencias en títulos referenciados son:

–          Alphonse Marie Louise de Lamartine- Nuevas confidencias

–          Pedro Calderón de la Barca- Teatro escojido

–          Víctor Hugo- Napoleón le petit

Finalmente, la última revisión que me propuse fue la del Índice general de El Mosaico, con el fin de buscar artículos que dieran cuenta un poco de la crítica literaria hecha por Vergara, así como de selecciones de obras literarias allí expuestas con las cuales se pudieran poner en relación sus lecturas personales. Entre los hallazgos más interesantes, pues coinciden con títulos con los que sabemos estaba muy relacionado Vergara, están los artículos sobre la “Mapoteca colombiana”, de Ezequiel Uricoechea, “Literatura muérgana”: la traducción del Apéndice a las Lecciones de de literatura de Lamartine,  y dos artículos escritos por Vergara, uno bajo el título de “Los indios de Andaquí- Disertación crítico-histórica sobre el origen de los indios”, que podría aportar mucho al debate sobre la hispanidad en Vergara; y otro en torno a George Sand, para nada apologético, en donde el autor incluso cita a Chateaubriand para defender la inconveniencia de la lectura de la escritora francesa.

Al relatar el proceso que seguí en esta búsqueda de pistas sobre los intereses bibliográficos de Vergara, quise dejar resaltados, aunque de forma incipiente, los principales aspectos que merecerían ser ahondados en posteriores investigaciones que nos ayuden a aproximarnos con una mayor certeza al momento de entrar a ver en qué consiste el Fondo Vergara y cuál es la historia de la constitución de esta gran biblioteca personal, que sin duda definió el camino intelectual de uno de los pensadores más importantes del siglo XIX para Colombia.

Nataly Jiménez Melo

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Algunas pesquisas sobre José María Vergara y Vergara bibliófilo (I)

Hoy les presentamos la primera entrega, de nuestros colaboradores, sobre una pasantía llevada a cabo en el la biblioteca personal de José Maria Vergara y Vergara que se encuentra en la Biblioteca Nacional de Colombia.

Por:  Nataly Jiménez Melo*

Con el fin de hallar alguna referencia que me fuera útil en la búsqueda de fuentes sobre posibles manuscritos, memorias o correspondencias de José María Vergara y Vergara (Bogota, 19 de marzo de 1831 – íd., 9 de marzo de 1872), hice la revisión de tres artículos que dan cuenta de la vida y obra de este literato, periodista y diplomático colombiano del siglo XIX, consignados en el Boletín de historia y antigüedades. Sin embargo, lo que allí encontré consiste en una alusión más bien somera a la figura e importancia de este personaje como lo son las palabras de admiración y agradecimiento que sobre él emite Daniel Samper Ortega en ocasión de la entrega del Premio Nacional de Literatura Vergara y Vergara a Raimundo Rivas en el año de 1958.

Asimismo, en los dos artículos restantes, se hace mención de la labor de Vergara y Vergara como parte de un trabajo de compilación de autores de periodismo literario del siglo XIX e historiadores del Nuevo Reino de Granada,  ámbitos en donde sobresalieron sus obras; aún así, estos artículos no nos suministran información que no hayamos obtenido en una biografía básica del autor, ya que, por lo demás, se trata de anotaciones muy sucintas. Solamente en una de ellas encontré algo que llamó mi atención, esto es, la cita de unas palabras de José Joaquín Borda a propósito de su amigo y colega, sobre las cuales merecería la pena indagar si se tuviera la oportunidad de su acceso completo.

Por otra parte, tuve la oportunidad de leer el número 134 de las Noticias culturales del Instituto Caro y Cuervo[1], número dedicado a la autobiografía en la literatura colombiana, en donde se reproducen los facsímiles de Mi autobiografía, un texto escrito en 1864 por Vergara y Vergara acerca del desarrollo de su vida y sus acontecimientos más relevantes. Aunque no son más de diez breves párrafos los que conforman esta autobiografía, un total de tres páginas, allí  da cuenta Vergara y Vergara de ciertos aspectos que nos pueden acercar un poco más a la naturaleza de su carácter y de su obra, así como también a una respuesta a los intereses que ocuparon sus estudios bibliográficos y a tanto las razones que motivaron como los medios que posibilitaron la obtención de los libros que integran su biblioteca. Esta autobiografía nos pone al tanto, por ejemplo, de las lecturas que más influyeron en Vergara y Vergara, como lo fueron Antonio Trueba, Fernán Caballero, François-René de Chateaubriand y Miguel de Cervantes. Asimismo, nos puede proveer de pistas que contribuyan a una investigación sobre aspectos de las esferas académica, literaria y pública en las cuales se desenvolvió este personaje. Este es el caso de menciones que hace Vergara y Vergara y que al leerlas me suscitaron un interés por averiguar más sobre ellas, como sucedió con la confesión de Vergara y Vergara de su arrepentimiento por haber tenido correspondencia con José María Rojas Garrido, mientras ocupaba el cargo de secretario de gobierno en 1861.

Los facsímiles están acompañados de las notas de Vicente Pérez Silva, quien proporciona las fuentes de donde fueron tomados, estas son, la carpeta IV de los documentos de El Mosaico, consignada en el número once de colección 24 documentos facsimilares de la vida colombiana, y el número 46 de la entrega del mes de octubre de 1926 de la revista Santafé y Bogotá, en donde, al parecer, fue publicada por primera vez la autobiografía por José Manuel Marroquín Osorio, quien la poseía de manos de su padre el ex presidente José Manuel Marroquín, muy allegado a Vergara. De la misma forma, el artículo adjunta al final una página escrita por el historiador Guillermo Hernández de Alba en conmemoración del centenario del nacimiento de en 1932, que lleva como título Una visita a José María Vergara y Vergara.

Pues bien, una vez revisado el artículo de Las noticas culturales y sustraída la información de mayor relevancia, el paso siguiente fue ir en busca de las fuentes allí proporcionadas, con el fin de hallar una ampliación de esta autobiografía o algún otro manuscrito dejado por Vergara, o por lo menos, la remisión a otras fuentes de utilidad en la recolección de datos que pudiesen ser importantes a la hora de confrontarlos con los libros que sabemos conforman su biblioteca.

En lo que respecta a la colección de los 24 documentos facsimilares de la vida colombiana, la carpeta IV de los documentos de El Mosaico contiene las mismas tres páginas de la autobiografía, además de otros documentos dirigidos a José Manuel Marroquín, tales como una felicitación de algunos socios de El Mosaico y dos sonetos inéditos de José Asunción Silva y Rafael Pombo, así como una carta de este último. Respecto al artículo de la revista Santafé y Bogotá, titulado Revolviendo papeles, tan sólo consta de una presentación que hace José Manuel Marroquín Osorio a la autobiografía de Vergara, y su consecuente reproducción; sin embargo, el autor promete para el siguiente número de la revista una entrega de algunos fragmentos de correspondencias entre Vergara y don José Manuel Marroquín.

Pasé entonces a revisar el número 47 de la revista, en donde en los hallazgos fueron realmente interesantes. Efectivamente, se trataba de algunos segmentos de cartas dirigidas a José Manuel Marroquín por Vergara en el año de 1870 desde París y más tarde desde Madrid, mientras desempeñaba el cargo de secretario de la Legación de Colombia. Una de las cartas, escrita desde París, data del primero de mayo y en ella expone Vergara su indignación frente a la falta de presencia de la Academia Española en América y el poco reconocimiento que esta última le merece al regimiento peninsular de la lengua.

A finales de 1870, Vergara escribe otra carta en donde relata la admiración que le produce su llegada a Madrid y el entrar en contacto con personajes como Juan Eugenio Hartzenbusch, Eugenio de Ochoa, Manuel Bretón de los Herreros y Ramón de Campoamor. Podemos saber por esto entonces que Vergara tuvo acceso a un encuentro personal con aquéllos autores que configuraban gran parte de sus preferencias literarias; resta, por lo tanto, entrar a constatar la presencia de dichos autores en su biblioteca.

Se sabe a través de esta carta del primero de mayo que, en su encuentro con Hartzenbusch, Vergara recitó parte de una composición del poeta madrileño, le obsequió un tomo de versos y le dio a conocer su Historia de la literatura de la Nueva Granada, en tanto Hartzenbusch le prometió presentarlo a la Academia a través de un informe que junto a él firmarían Pedro Felipe Monlau y Campoamor. La labor de Vergara en España en ese año permitió que el 24 de noviembre la Academia Española firmara el acuerdo de establecimiento de las academias en América.

Por último, quise revisar el artículo completo de Guillermo Hernández de Alba y esta vez fui en busca de la entrega del diario El Espectador del día 18 de marzo de 1931. Allí me encontré con un número dedicado al centenario natalicio de Vergara y Vergara, que contenía tres artículo escritos sobre su vida y algunos fragmentos de El Mosaico sobre “Las tertulias literarias de Santafé y Bogotá”. Además del artículo de Hernández de Alba, figuraban uno de Antonio Gómez Restrepo y otro de Luis Eduardo Nieto Caballero, ambos titulados Vergara y Vergara.

El artículo de Hernández de Alba también nos pone al tanto sobre los autores predilectos de Vergara y suma a la lista a Alessandro Manzoni, José Selgas y Hendrik Conscience, y lecturas particulares como El genio del cristianismo, Atalá y René de Chateaubriand. Los artículos de Gómez Restrepo y Nieto Caballero  tocan aspectos de la biografía de Vergara que ya me eran familiares y reiteraban las preferencias literarias que ya se habían visto en otras fuentes, adicionando solamente a los autores del Siglo de Oro español. Pese a esto, ninguno de los tres artículos me proporcionó las fuentes de donde había sido tomada tal información, como algún documento escrito por Vergara donde constara la preferencia de estas lecturas.

*Nataly Jimenez Melo, estudiante de Literatura de la Universidad Javeriana. Cursó su pasantía en la Biblioteca Nacional.

nataly.jimenez@javeriana.edu.co

búsqueda y recuperación de información


[1] Noticias culturales del Instituto Caro y Cuervo, núm. 134, Bogotá, 1 de marzo de 1972, pp. 13.17-18.

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Manuscritos inéditos de la Independencia

Damos inicio a este blog sobre las colecciones de la Biblioteca Nacional, con una invitación a todos aquellos lectores y usuarios de la biblioteca a participar en esta tarea de sacar a la luz textos o documentos que permanecen ocultos en los depósitos. Una tarea hecha por muchas manos, de quienes a diario se sumergen en los libros y quieran compartir sus hallazgos, o por aquellos que llevamos un buen tiempo curioseando sus anaqueles. Libros, imágenes, noticias, hojas sueltas o periódicos que por su rareza, o bien por el significado para una época determinada, puedan ser objeto de una corta reseña que sirva como señal que avisa a otros exploradores su ubicación.

Ha sido difícil seleccionar, entre tantos candidatos, el primer tema para esta primera entrada. Pero son los manuscritos del Sargento Mayor Eustaquio Blanco Caballero quienes llevarán el honroso titulo, más que nada, por la forma en que aparecieron.  Desde la Biblioteca pública de San Francisco llegó hace un par de meses una carpeta que contenía 91 manuscritos y 1 periódico que resumen la hoja de servicios del militar y donde están consignadas cada una de sus campañas, pero además numerosos conceptos médicos, y varios documentos administrativos requeridos para obtener una jubilación como militar a principios del siglo XIX.

Los documentos manuscritos como éste, anteriores a 1930 y que poseen un valor histórico y documental, fueron declarados bienes de interés cultural hasta hace muy poco, pues venían siendo comprados y sacados del país para engrosar colecciones privadas.  No sabremos nunca si ésta fue la suerte que corrió la correspondencia del Sargento Mayor Eustaquio Blanco Caballero, hasta hoy un desconocido soldado de las guerras por la independencia, del cual solo teníamos la noticia de su nacimiento en la ciudad de Cúcuta y el haber participado en las batallas de Riobamba (21 de abril de 1822) y Pichincha (24 de mayo de 1822).

Después que le fueran entregados a una funcionaria de la Biblioteca pública de san Francisco quien, con buen criterio, decidiera legarlos a Colombia; y luego de un proceso de restauración y limpieza, la Biblioteca Nacional pone al servicio un conjunto de manuscritos que permanecían olvidados en una colección privada.

Búsqueda y recuperación de información

Sobre Eustaquio Blanco ahora sabemos que el 25 de septiembre de 1820 empezó a servir en el ejército Libertador, en clase de subteniente adjunto al estado Mayor, y así permaneció durante la campaña del Ecuador. Dos años después, el 30 de julio de 1822, el Libertador Bolívar lo ascendió a Teniente e inmediatamente,  el 2 de agosto de ese mismo año, marchó a Lima bajo las órdenes del general Juan Paz del Castillo (1778-1828). Cinco meses después, en enero de 1823, se encontraba en Guayaquil, de donde salió el 1 de abril para participar en la campaña del Perú. Para éste momento se encontraba bajo las órdenes del Mariscal Antonio José de Sucre, de quien fue ayudante de campo. 

En febrero de 1825 le fue enviado a Lima su pase para regresar a Colombia. Inmediatamente lo recibió puso en marcha su regreso. El 26 de febrero ya había llegado a Guayaquil donde permaneció hasta el 11 de mayo, día en que continuó su recorrido hacia Quito, de donde salió a mediados de octubre aquejado de una grave enfermedad. Para Noviembre ya había llegado a Popayán y el 19 del mismo mes reposó en Buga, donde permaneció hasta julio de 1826 curándose de una grave enfermedad contraída durante el viaje. En Agosto llegó por fin a Bogotá donde al mes siguiente le fue conferido el grado de capitán por su acciones de Riobamba y Pichincha. Esta última acción fue la que condujo a la liberación de Quito y las Provincias de la Real audiencia de Quito.

Inutilizado para el servicio de las armas se le llamó a la secretaria de Guerra con el cargo de amanuense o escribano, en octubre de 1826, donde se desempeño hasta el 9 de abril de 1827, fecha en que renunció al empleo para dedicarse al comercio en la tienda de don Gonzalo Carrizosa. El 8 de diciembre de 1826 se había enlazado con Doloritas Ruiz. A propósito de Doloritas Ruiz se encuentra entre los documentos unas páginas con poemas dedicados a una mujer, nos queda la duda si iban dedicados a la señora Ruiz u otra pretendiente.

El valor de los documentos radica además en que son testimonios de primera mano de las campañas militares independentistas, los cuales seguramente ayudarán a entender la vida privada de las tropas, pues en ellos se da cuenta de la forma en que los soldados se aprovisionaban de alimentos en los territorios por donde pasaban,  la dificultad para cobrar impuestos ante la pobreza generalizada, los productos que más escaseaban entre la tropa y la dificultad para conseguir alimentos tan preciados como la carne o el maíz.

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