Y Guapi no cayó…

El silencio empieza a incomodar. El silencio en el comedor de los almuerzos y en la mirada de la gente en la calle. Me sorprendía la reserva de los guapireños, a los que había imaginado en celebración por la vida. Fue al cuarto día de estar acá que me di cuenta de que para mí Guapi era un enigma. No me guiaba ningún mapa, periódico o guapireño. Eso fue hasta que leí una cita bíblica del libro de Mateo en la novela “Las estrellas son negras” del chocoano-certegueño  Arnoldo Palacios: Y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y combatieron aquella casa; y no cayó; porque estaba fundada sobre la peña…. Un día de esta semana, mientras caminaba cerca de un pequeño muelle a orillas del Río Guapi, empezó a llover a torrentes. Y Guapi seguía ahí, sin moverse, erguido, y las islas Gorgona, Gorgonilla y la Barbanera no se iban nadando junto a las corrientes del Océano Pacífico.

Guapi está en una lucha que no hace ruido. Explosiones, asesinatos, robos y malas administraciones han maltratado la confianza local. Rostros incógnitos han venido a saquear, y a trazar luchas ajenas y violentas, arrebatando con ello algunas vidas guapireñas. No se confía fácil en los que vienen del interior y mucho menos en los paisas, por eso sentí momentos de silencio en las miradas de las calles. Me dijeron que si me ven así, de mi color, piensan que soy paisa. Ya no se puede llegar a las casas a medianoche. El siete de diciembre del año pasado, cuando se celebraba la Purísima en comparsas de fiesta, una mujer y su hijo murieron víctimas de conflictos ajenos a los guapireños. Algunos dicen que Guapi no es el mismo de años atrás.

Además, ha habido graves trances administrativos. En la anterior alcaldía, el municipio estaba recibiendo ingentes demandas laborales y tenía una deuda de más de siete mil millones de pesos. Tan intensa fue la crisis que Guapi, con treinta y dos mil habitantes aproximadamente, estuvo a punto de ser nombrado corregimiento del municipio con el que limita al norte, Timbiquí, con una cifra mucho menor de habitantes. Imposible, cómo el gran Guapi iba a ser corregimiento, si es que se sale del río. No era considerado auto sostenible por el Gobierno Central. La alcaldesa de ese entonces, Brasilia, optó por dejar de pagar sueldos para saldar las inmensas deudas adquiridas por años y el municipio se salvó de ser nombrado corregimiento y de ser gobernado por otro municipio. Por el mismo trance, muchas personas se quedaron sin empleo y están resentidas con el poder local.

En la actualidad la mayoría de la población está en Sisben 1 y 2. Nunca ha habido alcantarillado ni acueducto y por tanto el agua de la que se abastece Guapi siempre ha provenido de la lluvia. Las casas tienen un tanque; quizás alguna familia tenga dos. La Biblioteca Helcías Martán Góngora no tiene suministro de agua. En ocasiones se ven casas sin un tanque suficientemente grande, así que hay algunos que se bañan en las aguas del Río Guapi, en el que también hay mujeres lavando ropa en los días de sol. Y se ve basura debajo de las construcciones de palo, en la sombra del río. La corriente de energía ha mejorado con esta alcaldía, dicen.

Hace tres meses las calles de Guapi estaban arropadas con piedras planas y decidieron quitarlas todas para pavimentar. La gente no dejó que pavimentaran debido a que no había alcantarillado ni acueducto. Dicen que los arreglos se terminan el otro año. Así que todas las calles están destapadas y cuando llueve demasiado, además del río, esto se convierte en una marejada de barro. Pero tiene que llover porque de lo contrario no hay agua para bañar los cuerpos negros y hermosos. No sé quién fue el que dijo que ese color era negro, si no es negro; no hay color como ese en el mundo. Que no lo hay. Hay que verlo a las cinco y treinta de la tarde, cerca del río Guapi, cuando los brazos se quedan quietos. Cuántas veces habré querido yo ser negra.

La semana pasada una lúcida mulata me dijo que ella era guapireña, pero que no era colombiana. Y claro, considerarse como tal sería tener mucha condescendencia con un país que los ha ignorado. Como a Timbiquí y a López de Micay, los dos municipios de la Costa Pacífica caucana. A Guapi sólo se llega desde el cielo o embadurnado desde las aguas de Buenaventura. Los pasajes en avión sólo están disponibles con la empresa “Satena” y el precio del pasaje no está dispuesto para cualquier ocasión sino para eventos especiales, porque incluso en temporada baja es bastante elevado. Y muchas personas prefieren el avión, porque llegar desde Buenaventura es una travesía de siete horas de aguas intempestivas que comparten la embarcación con los pasajeros. Por ese motivo todo es tan caro en Guapi: es muy costoso traer todo desde afuera, entonces para ganar algo hay que cobrar más. Me han dicho varias personas que los guapireños son perezosos en exceso y que de Guapi nunca sale nada. La mulata me dijo que esta tierra está igual desde hace treinta años.

Con seguridad, ese no sentirse colombiana de esta guapireña, es en parte resultado de la privación de conectarse con un país que olvida Colombias diseminadas e incomunicadas. Esta es otra Colombia, como decía el otro día un profesor guapireño del “Colegio La Normal”. Algo que me sorprendió desde el principio fue que los guapireños con los que he hablado se refieren más a Cali que a Popayán, ésta capital del departamento del Cauca. Recibí dos respuestas distintas. La primera fue de una noble mujer de Guapi, que me acogió con respuestas en mi creciente inquietud acerca de esta tierra. Me dijo que los guapireños se sienten más identificados con la cultura de Cali, con su música y la amabilidad de su gente. Pero que en Popayán se ve el racismo. Claro, ella dijo que no siempre, pero que es algo que sí se ve. El menosprecio hacia el negro del Pacífico. Aunque yo que estuve en Cali me di cuenta de que allá también hay racismo, sobre todo en las altas esferas de ‘la cren’, como diría Irra en “Las estrellas son negras”.

La otra respuesta, que surgió a partir de una pregunta distinta, la recibí del profesor de la otra Colombia, profesor de sociales. Me dijo que en el pasado vinieron payaneses en busca de oro a las costas del Pacífico. Y que el paludismo los cogió y les dio media vuelta para volverlos saco de lana. Y que no volvieron. Que quedaron espantados. Y que no les interesa ni Guapi, ni Timbiquí, ni López de Micay. Otra razón para que la construcción de la carretera no se haya considerado urgente.  Ni al gobierno central ni al departamental les interesa. Aunque el profe’ me dijo que la carretera se veía venir. Yo no sé, pero la vi venir en sus ojos.

En medio de tanta noticia desalentadora necesitaba encontrar al Guapi que se mantiene en la peña a pesar de que lo combaten. Fui a lo que va a ser la Casa de la Cultura de Guapi, una inmensa construcción que antes era sede del Banco de la República. Claro, sin biblioteca, apenas el Banco inmenso que se erigía en una calle de comercio y afanes, a orillas de aguas guapireñas. Un contraste. Llegué a la Casa cuando unos doce niños cantaban la siguiente canción: “El niñito de María (el niñito de María) / Estaba llorando y yo no podía (estaba llorando y yo no podía)”. Eso fue como el agua en medio de un verano reseco. Las maracas seguían el dulce ritmo de las marimbas y la voz de una mulatita danzaba con el polvo del salón, que despavorido se unía al río. Y un niño sudaba, tocando fuerte el cununo, y una muchacha somnolienta que todo lo tenía oscuro, seguía el lento paso de un bombo. Y dos niñas movían el cuerpo compitiendo en tamaño con las guasas. Ese era el arrullo que dentro de la casa montada en la peña, cantaba la guapireña a sus hijos. El sostén espiritual de Guapi.

En esta tierra son muy religiosos. Las fiestas, que se extienden por todo el año, concentran parte de su arsenal desde el veintinueve de noviembre hasta el siete de enero en las Fiestas Patronales. Por fortuna, la Coordinadora y el Director de Cultura saben que la música y la danza son la savia de este pueblo. Y crearon una escuela de música y danza. Sin duda, ese chorro de agua no ha sido obstruido. Acá en Guapi, la cultura no tiene que ver con la biblioteca. La cultura, que es el folclore, es la danza y la música. No la biblioteca. Y mucho menos los libros. A menos que sea para hacer tareas. Aquélla no tiene ningún impacto en la comunidad en general. Ni su quehacer es apoyado por la alcaldía. Y la oralidad le cede el paso, triste, a la reunión en torno a la televisión. Todo esto a pesar del respeto de la comunidad hacia autores guapireños, como Helcías Martán Góngora. Pienso que no siempre hay tiempo que dedicar a leer si hay que conseguir para comer. La música se puede escuchar mientras tanto. Es que la música no se puede dejar de lado, porque sigue el curso de la sangre de esta tierra.

Pero ha habido poetas acá en Guapi y alabaos. Así que hay espacio para las imágenes, las palabras y las voces. Para que se conviertan en la posibilidad de recuperar para el pueblo memorias que se olvidan. Memorias guapireñas.

Y defender sus derechos con los testimonios de sus propias historias.

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