Migraciones en Guapi

Cuando llegué a Guapi me recibió un profesor nacido acá. Aunque casi la totalidad de los guapireños son negros, él no lo es. Y se refiere a sí mismo como negro. Más bien debería decir que lo que no es negro en él es su piel. Qué es lo negro entonces. Lo negro en él es ser del litoral Pacífico y lo que todo eso implica culturalmente. Y ser del pueblo. Ser de la negredumbre, como dijo el intelectual Rogerio Velásquez nacido en Sipí, Chocó: “él acuña el concepto de negredumbre […], en una audacia semántica que relaciona negros con muchedumbre. Pero no se trata de cualquier muchedumbre, sino de aquella conformada por afrodescendientes colocados en situación de exclusión y marginalidad […]. Se trata de aquella cualidad por la que el negro de las tierras del Pacífico siempre se nos presenta actuando de manera colectiva, como comunidad, y nunca, o casi nunca, de manera individual” 1.

 ¿Sería esa la respuesta a una pregunta que me asediaba desde que llegué acá? ¿Por qué yo, que jamás había venido al Pacífico, distinguía a los no guapireños de los guapireños, así estos últimos no fueran negros? Podría ser; a los de piel mestiza que veía con negros podría decirles parte de la negredumbre, mientras que a los mestizos que veía solos, o con otros mestizos o blancos, no podría decirles parte de la negredumbre. Aunque se ha dado el caso de que he visto a guapireños que no son negros y he notado que nacieron acá. Es difícil describir esa distinción que es sin embargo tan fácil de notar al caminar por las calles de Guapi. Es un semblante, una huella del sol y de la lluvia tallada en su piel. Al principio fue difícil darme cuenta del por qué de la presencia de mestizos no guapireños acá, porque como no soy negra y evidentemente no tengo dicho semblante, casi nadie me aclaraba o me explicaba algo. En una conversación con Aidee, la bibliotecaria que es al tiempo mi amiga, me dijo: “ah, claro, es que usted es extranjera”, no pude evitar reírme. “¿Extranjera? ¿Yo? ¿Cómo así?, jajaja”.

 Hay otra explicación que responde al por qué los guapireños no son muy comunicativos conmigo ni con otros “extranjeros” colombianos. La violencia ha aumentado en los últimos tres años. Es decir, acá la violencia ha nacido desde hace tres años. Porque antes, como me dijo un eminente guapireño, Guapi era el único lugar en Colombia que se podía considerar completamente en paz. Claro, el hecho de que la violencia haya nacido casi por generación espontánea, ha lastimado de gravedad al pueblo guapireño. La protesta acá no existe, y la que existe es siempre silenciosa, prohibida, peligrosa, sin garantías. Como no hay protesta que se arme con la palabra, los que saben de dónde proviene la violencia se lo quedan bien calladito. Y muchos no saben ni sabemos a ciencia cierta de dónde proviene. Por eso los que venimos de otras partes somos objeto de sospecha. Y es mejor no darnos mucha información. Yo entiendo, yo haría lo mismo en esas condiciones. Con una  alcaldía frágil y cerrada como una burbuja de agua cómo no.

Bueno, el caso es que empecé a notar que prácticamente todas las tiendas de ropa, mercado, frutas y negocios en general, eran propiedad de mestizos no nacidos en Guapi. Un día una profesora me dijo que eran ‘paisas’. Es más, que era posible que al verme caminando por ahí me consideraran como ‘paisa’, en silencio. Un guapireño me contó que todos ellos son dueños de casi todas las tiendas que se ven por ahí; y hace unos dos días me dijeron que son también dueños de gran parte del comercio; muchos moto taxis son conducidos por locales, pero me contaron que ellos son empleados de paisas que son dueños de los vehículos. Resulta que un día estaba caminando por la calle principal, a la que le dicen la ‘tercera’ (aunque acá no hay notación de direcciones), y me encontré en una panadería. La única que he visto acá. En otras tiendas se encuentra pan pero se nota que no lo hacen ahí sino que lo compran en otra parte. Entré a la panadería dichosa de encontrar pan fresquito y el dueño era blanco. Y tenía acento paisa. Hablamos un rato y me dijo que era de Pueblo Rico, Risaralda. Que había llegado hace unos meses y que estaba arrancando con la panadería. Noté que tiene un empleado negro, de pronto sea de acá, aunque no estoy segura.

Yo había pensado que los paisas eran de Medellín, pero ahora sé que prácticamente todos los que están acá son de Pueblo Rico, Risaralda y los distinguen como ‘paisas’ (he conocido sólo a un paisa de Medellín). Una vez estaba en la biblioteca y llegó una señora con su hijo. Ella es blanca pero estaba bien bronceadita. Pensé que era de otra parte, que había llegado hace poco, pero visitaba la biblioteca porque su hijo de diez años necesitaba averiguar acerca del 11 de noviembre (luego aprendimos que en 1811 de esa fecha fue la Independencia de Cartagena). Supuse entonces que estaba hace un buen tiempo, si su hijo estudiaba acá era por algo. Las dos nos miramos: “las torres gemelas… ah no no, eso fue en Septiembre”. Buscamos en unas enciclopedias de “Historia de Colombia” y nos pusimos a charlar. Me dijo que era de Pueblo Rico, Risaralda. Yo todavía no sabía que todos ellos eran de allá entonces me sorprendí por la casualidad con el panadero.

Ahí nos pusimos a charlar. Me dijo que había venido a trabajar con el esposo. Le pregunté cuánto llevaba acá, “doce años”, me dijo. “¿En serio…? mucho tiempo… yo pensé que acababa de llegar ¿Y cómo se ha sentido por estas tierras?”. Según recuerdo me respondió algo así como: “la verdad ha sido difícil, porque acá se ve el racismo, a uno lo tratan diferente. Yo ya me acostumbré, pero a veces me pasa que voy caminando por la calle y me miran distinto. Igual yo tengo que vivir con negros, porque a mí me gusta, yo no podría vivir sin estar en medio de ellos. Queremos irnos a Istmina, en Chocó. Tengo un niño y una niña. La niña es negrita, como el papá. El niño es bien blanco como yo, como se da cuenta; ha tenido un poquito de problemas en el colegio, yo creo que me va a salir racista”. El niño ha ido varias veces a la biblioteca. Indudablemente tiene un interés mucho mayor por aprender y hacer sus tareas, que sus compañeros. Es muy pilo. Me dice que ellos son muy incumplidos, que de su curso (yo casi que no lo creo), sólo cuatro van a pasar el año.

Esa conversación me recordó cuando fueron a la Biblioteca dos muchachos de “Computadores para educar”. Cuando los vi por segunda vez, uno de los dos estaba muy distinto al día anterior, estaba muy serio. Quería preguntarle pero tan serio estaba que no fui capaz de quebrar su parquedad. Me parecía que quería irse, que no quería estar más en Guapi. Me pidió que le ayudara con una encuesta. Me senté con él. Aproveché para preguntarle qué tal le había parecido Guapi. Me dijo: “bien” y le respondí que no parecía muy convencido. Me dijo: “bueno, toca acomodarse”. Ahí yo le conté que al principio yo me había sentido mal porque la gente me parecía muy seria. Ese comentario fue el impulso para que él dijera que sí, que uno acá se siente discriminado. Al parecer lo tenía muy consternado la situación.

Bueno, el caso es que continuamos charlando con la señora, mientras buscábamos con paciencia qué había pasado algún 11 de noviembre. Le dije que una de las cosas que yo sentía que pasaba en el Pacífico era que el pueblo estaba muy cohesionado. Que el ser negros es muy importante para ellos, sobre todo para los que terminan la década de los veinte en adelante (así es en Guapi, algunos jóvenes parecen evadir el tema afrodescendiente). Y que en cambio para nosotras, o por lo menos para mí, nunca había sido relevante ser ‘mestiza’. En ese momento recordé una cita que leí y que me hizo pensar en eso por primera vez en la vida, cuando Luis Eduardo me recomendó leer un libro:

“Cuando el negro o la negra […] se afirma desde el punto de vista étnico-racial, el hombre blanco-mestizo en general no tiene necesidad de hacerlo, goza aún de otro privilegio puesto que puede no querer saber, no interesarse, no entender por qué el Otro y la Otra tienen necesidad de hacer tal cosa. Es lo que Eve Kosofsky llama ‘the privilege of unknowing’, es decir, no la facultad de ignorar, sino de no querer saber. Lo anterior sucede, sin duda, porque cuando el negro dice que es negro o la negra dice que es negra el hombre blanco-mestizo está obligado a pensar qué significa ser blanco-mestizo. Hasta ese momento no tenía que hacerse preguntas sobre su identidad o sobre el orden esclavista colonial por el cual se instituyó; vivía en un estado de privilegio absoluto […]. De esta manera, el negro no puede ser otra cosa que el objeto de su discurso y para él [el blanco-mestizo] las relaciones sociales raciales se vuelven insoportables cuando el negro pretende ser sujeto de su discurso, cuando la negra pretende ser sujeta de su discurso” 2.

Luego de eso entendí por qué algunos escribían frases como la que cito a continuación, que se refiere a Helcías Martán Góngora, frases que yo no era capaz de comprender (comprender en serio), como estudiante de literatura: “Si bien fue elogiado y cantado por escritores y poetas […], ellos jamás se refirieron a sus poemas ‘negros’: siempre elogiaron su refinado lirismo, sus metáforas del crepúsculo, del río y del amor emparentadas con el mar” 3. Poesía negra escrita por negros como el profesor que me recibió en Guapi. Con la sangre negra, con la historia negra, con la mirada negra.

En otra ocasión me subí a un moto taxi que manejaba un paisa. Me contó que hace unos quince años empezaron a llegar de Pueblo Rico, que él llegó hace doce años. Uno de ellos llegó y le fue bien montando su negocio; él le contó a otro y ese a otro y esos a otros. Y que así fue como muchos se asentaron en Guapi. Me dijo lo mismo de la discriminación. Le pregunté que por qué se había venido para acá y me dijo que Pueblo Rico no ofrece oportunidades, “que eso es puro campo”.

Otro asunto es el que se celebra el 6 de enero de todos los años. El día de los “negritos y los cholitos”. Un día estaba estudiando en mi habitación cuando entró una niña, y luego de un rato me empezó a acariciar el cabello. Me decía: “ayyy, tan bonita la cholita” (¿cholita? ¿Yo? ¿Cómo así?). Y leí que los cholos son los mismos emberas. Pero en general, acá los cholos son los que son como yo. De piel ‘trigueña’ y con cabello liso u ondulado. Y los indígenas. Y los que no son indígenas también. Pero en este caso la población no tiene conflictos con los cholos, en absoluto. O por lo menos no que haya visto o escuchado.

Yo pienso que esa discriminación de la que me han hablado los paisas y los de ‘Computadores para educar’ tiene causas distintas al simple rasgo del color de la piel. Tiene que ver con que acá no hay oportunidades de trabajo, ni de progreso. Si acá no se trabaja con la Alcaldía, se es profesor o comerciante. El resto es puro rebusque. Y como las autoridades no han hecho nada al respecto de la pobreza y el desempleo (además de que es una problemática ancestral y que reproduce frases como: “Guapi está igual que hace treinta años”), han venido otras personas a aprovechar esos vacíos, vacíos que también han encontrado en sus tierras de origen y que los incitan a venirse para acá. Los guapireños como comunidad no trabajan Guapi, casi todos los que trabajan Guapi son los paisas y los de Aviatur. Bueno, y además, ese es un racismo que proviene de la desconfianza que ha producido el brote de la violencia. Es un mecanismo de defensa. Eso es: un mecanismo de defensa. De defensa territorial.

Ahora, no es justo decir que es un comportamiento generalizado y permanente, aunque también es cierto que hay una distancia notoria entre los ‘paisas’ y los guapireños. Cuando los guapireños se dan cuenta que uno viene es a trabajar por Guapi, la cosa cambia. Pero eso tarda bastante. Por eso protesto por el poco tiempo de la pasantía, debería haber sido más larga, no sé, de cinco meses, yo llevo apenas un mes y hay mucho que hacer. En la biblioteca sólo he visto unos tres hijos de paisas, pero nacidos acá. Y a veces los niños replican la situación que viven sus padres, aunque en menor medida.

Yo pienso que las migraciones como tal no son el problema, puesto que se habla de un guapireño que era más cálido y hospitalario. Más bien las migraciones han agudizado las injusticias sociales, incrementado la violencia y han puesto en tela de juicio la autoridad local. Y estos factores han permitido algo más: las migraciones hacia afuera de Guapi. Muchos aspirantes a graduarse del colegio tienen como objetivo irse. Algunos regresarán a construir en Guapi, otros no.

A partir de esta situación surgió la idea de programar actividades invitando directamente a los dueños de las tiendas, a comerciantes y moto taxistas, y a los guapireños en general. Inicialmente estas actividades se apoyarían en un juego de cartas encontrado en la colección de la biblioteca Helcías Martán Góngora, titulado La leyenda del Pantano. El juego está conformado por un mapa pequeño (el pantano), una baraja de “Maleficios”, otra de “Talentos” y una de “Pruebas”, y aunque faltan algunas tarjetas con las que hay es suficiente. El juego tiene una cartilla con instrucciones de uso, que en síntesis relata la siguiente historia: la leyenda cuenta que un pueblo situado a orillas de un pantano, un día amaneció en la oscuridad. Con asombro descubrieron que no recordaban nada de sus costumbres, sus fiestas, los derechos que habían conseguido validar como comunidad, ni siquiera recordaban a sus familiares y amigos. Habían perdido la memoria, su memoria. Y querían salir del pantano en que estaban atrapados. El Consejo de Espíritus era el único que tenía la capacidad de salvarlos, sólo si el pueblo era capaz de superar unas pruebas. A partir de la lectura de la leyenda, inicia el juego. Creado por el “Programa por la Paz de la Compañía de Jesús”, invita a “descubrir el sentido que tiene descubrir el sentido que tiene construir comunidad, recuperar la memoria, rescatar las costumbres y fortalecer los valores humanos, en medio de un escenario ‘pantanoso’ en el que la guerra cada día se va apropiando de eso que antes a todos nos pertenecía” (respaldo de la caja del juego).

No queremos problematizar directamente las vicisitudes causadas por las migraciones, tema bastante delicado para los guapireños, sino reunir diversos sectores que viven Guapi, y reflexionar acerca de la comunidad, el territorio, la sociedad, la cultura y los derechos a través del juego.

 

La negredumbre guapireña no ha terminado la fiesta ancestral que le ha sido legada. Una fiesta en turbulencia.

1. Patiño, Germán. “Tras las huellas de la negredumbre” en Velásquez, Rogerio. Ensayos Escogidos. Biblioteca de Literatura Afrocolombiana, Ministerio de Cultura, Bogotá. Pág. 12

2. Zoungbo, Lavou. “’Du migrant’ un au citoyen différé” en Acciones afirmativas y ciudadanía diferenciada étnico-racial negra, afrocolombiana, palenquera y raizal. Universidad Nacional de Colombia, Facultad de Ciencias Humanas, Bogotá. 2009. Pág. 7 desde el título inicial (sin numeración)

3. Vanín, Alfredo. “La voz del gaviero” en Martán Gongora, Helcías. Evangelios del hombre y del paisaje / Humano Litoral. Biblioteca de Literatura Afrocolombiana, Ministerio de Cultura, Bogotá. Pág. 20

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Una respuesta a Migraciones en Guapi

  1. luiseruiz dice:

    Hola Angela,

    :S :) :( :D

    Bueno aqui hay de todo, que itneresante…

    que propones al respecto? que crees que la biblioteca podria hacer para propiciar el entendimiento entre las personasde guapi, muchas oportunidades hay de intentar algo no te parece?

    Saludos (Alejo)

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