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I Festival Franco latinoamericano
DE VIDEO ARTE 1992
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El Cine Reencontrado de Alain Bourges

I.

Desde su primer video, Alain Bourges se ima­gina que hace cine después del cine -cine en los tiempos de la televisión todo poderosa: no fue por casualidad que filmó las imágenes en una ex colonia inglesa convertida en colonia mar-xista, Birmania. Porque el problema que lo obsesiona es el de la imposible nostalgia de una dominación que todo condena, en particular la Historia. No tanto la del colonialismo (inglés en este caso), sino la del imperio cinematográ­fico. Ahora bien, filmando en super-8 y editan­do en video una historia de amor entre un in­glés y una birmana, Alain Bourges termina como Stendhal después de la Revolución, aproban­do la Revolución pero añorando el placer de vivir «prima della revolutione». Compréndase: prima della televisione.

Burmese days (inspirada en una novela homónima de Orwell) dice ser el corto de pre­sentación de una película que no debería ser producida pero que lo será de todas maneras, en otra parte, de otra forma, más tarde. Este relato de viaje donde abundan rayones, borro­nes, imágenes negras y seudo-señales de ajus­te, podría haber sido un adiós: a la narración lisa y a las lindas imágenes. Es un hasta luego. Concerta una cita. Relatos en harapos, cuerpos semi-percibidos, borrados, evanescentes, se escapan apasionadamente de una desconstrucción desconsiderada (no olvidemos que estamos a principios de los 80)en benefi­cio del «yo» que se consolid

II.

Entonces Alain Bourges compra un coloreador y se inscribe en un video club, de donde vuelve con una pila de videos pornos. Averty, el inocente, riéndose, mete bebés en una licuadora.

Muy seriamente, Bourges colorea minitas -pu­tas gratuitas, chicas desnudas., en celo... por (tele) encargo... Las toma tal como son, luego las pintarrajea, las enloquece a cámara lenta, las madonisa congelando la imagen: los culos dialogan con las estrellas, las vaginas tutean el glamour, y la voz de Julie London extiende su velo dulcemente sobre colchones enloqueci­dos. Juliette puede entrar en escena.

Estrategia. La escena pornográfica denuncia la represión, psicológica ante todo, de los cuer­pos en la narración hollywodense. Pero para denunciar la esclavitud de los cuerpos en la película pornográfica, ¿qué se debe hacer? Al engaño de una liberación que ignora neciamente el mal, Bourges opone la lucidez de los textos que no hacen más que hablar de eso. Sade, Lautréamont, Proust, Bataille, anti­cipan los límites de la filmación pomo. Sus palabras son más violentas, más desnudas que los cuerpos más desnudos en los apareamientos más «descarados».

Pero para pronunciar esas palabras, que por supuesto no se pueden encontrar en los catá­logos de películas, se necesitan cuerpos nue­vos. Alain Bourges empieza a buscar actores y actrices. La que interpreta el interrogatorio de Juliette en Emma ou le áésir du monstre, es per­fecta. Perfectamente filmada: de frente, a plena luz, saliendo de la sombra. Su voz no titubea ni tampoco cede su mirada. Ella es toda Sade: toda palabra, literatura, verdad. Es una joya pura del genio humano. Una creación absolu­ta. En ese momento sobre todo, no hay imáge­nes. Y Bourges no las pone. Nos hace saborear cada palabra como parece saborearlas la actriz, de la que casi percibimos el movimiento sen­sual de la lengua después de cada réplica. De­jándonos cara a cara con un bloque de deseo al desnudo, es decir sin morbosidad, nos obliga a oír el texto como el doble imposible de todas las imágenes de sexo ya vistas, y, a la vez, como su más irrefutable comentario. Un comentario que no es justo un comentario, sino un comen­tario justo, absolutamente. Tan justo que las imágenes sólo pueden ilustrarlo, mientras que ilumina con su negrura todas las imágenes que lo rodean. De esta forma Alain Bourges se in­troduce en el cine en marcha atrás, y tiene ra­zón, porque tal ha sido siempre su proyecto: hacer cine. Con marcha atrás quiero decir, entrando a la tele.

Jean-Paul Fargier