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El Santuario

Gracias a una carta fechada en abril de 1794, escrita por el médico francés Luis de Rieux, quien frecuentaba la tertulia organizada por Nariño, se conoce el nombre del salón de reuniones donde esta se llevaba a cabo. En ella Rieux le dijo al santafereño: “si el amigo Zea hubiere llegado, dele vuestra merced muchas expresiones de mi parte, y manifiéstele el sentimiento que tengo de no poder encerrarme con vuestras mercedes en el Santuario”. En su momento, las autoridades virreinales le preguntaron a Nariño por el lugar, ante lo cual respondió:

[L]o que Rieux ha querido decir o dar a entender con el nombre de santuario ha sido la pieza interior del estudio del declarante, formada por el mismo diseño de que se ha hablado en estas diligencias […] el motivo que Rieux ha tenido para llamar santuario a la citada pieza, dimana de haberle oído decir al declarante, que pensaba encerrarse en ella como en un santuario para no tratar con nadie.

El Santuario era un espacio privado en la casa de Nariño, diseñado para ser sede de las reuniones de su círculo literario. Y, al igual que había ocurrido con la tertulia, es probable que al santafereño se le hubiera ocurrido la idea de adaptar un salón de su casa para tal fin, después de haberlo leído en uno de sus tantos libros. El recinto, que nunca se terminó de construir según las proyecciones iniciales, debía estar decorado con adornos significativos: inscripciones, dibujos alegóricos, plafones con retratos y un obelisco dedicado a la libertad.

Se sabe que Nariño diseñó el Santuario a inicios de 1794. En septiembre de ese año, pocos días después de que lo encarcelaran, les dijo a las autoridades virreinales que “el diseño es un borrador que tomó para él disponer la pieza de su estudio, y que hará el tiempo de siete u ocho meses que lo delineó y escribió”. Sin embargo, todo parece indicar que el salón servía desde antes como lugar de encuentro para las reuniones del Arcano, pese a no estar completamente acondicionado según los planes del santafereño.

Según la descripción más completa del Santuario que elaboraron las autoridades virreinales en los autos del proceso de Nariño, el estudio estaba compuesto por cuatro habitaciones: una para recibir a los invitados; otra destinada a albergar la biblioteca-librería; una más, que funcionaba como pasadizo, y otra, de forma rectangular, donde se estaba adecuando el Santuario. Según los fiscales, esta última se encontraba “en estado de estar sirviendo, como efectivamente servía al interesado”. Si bien se hallaban ya varios retratos completamente terminados en los plafones, otros se encontraban incompletos y en lugares diferentes a lo proyectado en el plano. Las inscripciones aún no se habían hecho. También fueron encontrados los bustos de Franklin y de Washington y algunos obeliscos pequeños.

Después de examinar algunos de los elementos del Santuario y analizar la Defensa de Nariño, las autoridades virreinales dieron su veredicto. Para ellas era evidente que el plafón dejaba al descubierto que Nariño sostenía sentimientos y principios opuestos a la legítima autoridad del monarca español. Su esmerada argumentación también fue puesta en su contra: “si Nariño discurre por su escrito como él manifiesta ¿qué se hablaría en su casa por los concurrentes a ella? ¿Cómo se tratarían estos asuntos en aquel cuarto fabricado al intento? ¿En aquel retrete, que ellos mismos llaman el Santuario?”.

Disposición espacial

El techo del Santuario tenía la forma de una artesa invertida, de cuatro planos inclinados hacia un centro rectangular denominado “el cielo”. Nariño consagró en cada uno de los extremos del plano cuatro conceptos y valores fundamentales: la libertad, la filosofía, la razón y la sabiduría –esta última bajo el nombre de Minerva, diosa romana de las artes y la invención–. Cada costado estaba adornado con retratos de personajes clásicos y modernos, alusivos a cada concepto y con algunas inscripciones que los explicaban.

La disposición espacial y simbólica estaba proyectada de la siguiente manera: el costado norte estaba dedicado a la Libertad con un epígrafe de Rousseau que rezaba: “aquel es verdaderamente libre que no necesita poner los brazos de otros al fin de los suyos para hacer su voluntad”. Debajo había dos retratos de Sócrates y Rousseau junto a la leyenda: “la verdad, la sobriedad, el desinterés los distinguieron en Atenas y en Ginebra. El estudio del corazón del hombre en todas las naciones”. También había representaciones de los naturalistas Plinio y Buffon junto a la frase: “la naturaleza les abrió sus tesoros o robaron a la naturaleza sus secretos”.

El lado sur estaba destinado a la Razón bajo la inscripción: “se sigue la razón cuando, sin oír las opiniones de los hombres, se escuchan los gritos de la Naturaleza”. Debajo estaban los retratos de Jenofonte y Washington con la leyenda: “filósofos intrépidos y guerreros superiores a todos los sucesos de la vida”. También estaban los pensadores Solón y Montesquieu con la frase: “dejemos en herencia al resto de los mortales la riqueza, pero que la virtud sea la nuestra. El mismo Solón”.

El costado oriental se encontraba consagrado a la Filosofía con la frase: “aquel es verdaderamente filósofo que al estudio del corazón humano junta el amor de sus semejantes”. Debajo de esta se encontraban las imágenes de Nariño, sin ninguna inscripción, y la de Cicerón, Demóstenes y William Pitt junto a la frase: “oradores, filósofos, amantes de la Patria. Roma e Inglaterra los disfrutaron, el mundo entero los admira”.

El lado occidental estaba reservado a la Sabiduría (Minerva) con la leyenda: “Oh tú, cualquiera que seas, detén el paso si no eres amigo de la razón, de la verdad, y de la filosofía”. Debajo estaban Tácito y Raynal, a quienes describía la frase: “conocieron las naciones, los hombres y todos los tiempos les fueron presentes”. En el centro estaba Newton con la inscripción et inducit illum in nubem (“condúcelo hacia la nube”). Finalmente, estaban “El divino Platón”, como lo llamaba Nariño, junto a una leyenda de Quintiliano que rezaba “tenía menos el lenguaje de los hombres que el de los dioses”, y Franklin junto al epígrafe “quitó al cielo el rayo de las manos y el cetro a los tiranos”. Estos dos últimos retratos estaban unidos con una cadena a un pedestal.

El obelisco

Los fiscales encontraron entre los papeles de Nariño un pliego de papel blanco donde se encontraba dibujado un obelisco con una inscripción que decía libertas nullo venditur auro (“la libertad no se vende por ningún oro”). Este era el obelisco que, según lo proyectado, debía erigirse en el Santuario y estar dedicado a la Libertad como bien supremo e insignia de la virtud de ese nuevo ciudadano virtuoso, sapiente y deliberante que Nariño intentó modelar. Los orígenes de la inscripción latina en el pedestal de la columna se remontan a los textos de Cicerón, las fábulas de Esopo, el prólogo del Quijote (donde Cervantes la atribuye equivocadamente a Horacio) y las obras de Bartolomé de las Casas.

Según Nariño, él mismo había hecho el dibujo a principios de 1793 a partir de una pequeña estampa que conservaba a la entrada de su estudio. Por su parte, el colegial santafereño, José María Prieto, era el autor de la inscripción, y Nariño la utilizó por recomendación del mismo Prieto. En los interrogatorios de los fiscales, Prieto dijo que no se acordaba de la pregunta que Nariño decía haberle hecho, ni de la respuesta que él le había dado.

Un proyecto colectivo

Se sabe que Nariño consultó el diseño del Santuario con su amigo, el ilustrado antioqueño Francisco Antonio Zea, aunque parece que también lo hizo con otros miembros del Arcano. Entre los papeles secuestrados a Nariño, se encuentra una carta en la que Zea manifestaba su entusiasmo por el proyecto, explicaba sus preferencias y aprobaba las decisiones tomadas por Nariño. Gracias a esta misiva, se sabe que para abril de 1794 el repertorio y la posición de todos los personajes del Santuario aún no estaba completamente definida. Por ejemplo, para esta fecha, un retrato del político y militar griego Arato de Sición, famoso por sus luchas contra la tiranía en el Peloponeso y por su liderazgo en la Liga Aquea, todavía se encontraba entre las figuras tutelares del recinto. La discusión, sobre si dejarlo o no, no debió haber sido menor. Según escribió Zea:

Querido amigo: he comprendido ya perfectamente la disposición de la pieza: me alegro que a Newton le haya tocado un lugar en que no cabe otro. Para la mutación de los retratos de Franklin y Montesquieu, me fundaba en la conveniencia de los sujetos. Franklin y Solón, legisladores; Platón y Montesquieu, autores de bellos pensamientos, profundos pensadores, dos antorchas del mundo que abrió demasiado los ojos sobre sus desgracias a la luz de sus escritos.

Una vez concluida la discusión, Nariño contrató al mismísimo capitán de ingenieros del virreinato, el madrileño Carlos Cabrer y Rodríguez, para dirigir los trabajos del Santuario y hacer su proyecto una realidad. En octubre de 1795, previa autorización del virrey Ezpeleta, Cabrer fue llamado por la Real Audiencia a declarar en contra de Nariño. Según dijo en su testimonio:

[…] cierto que por amistad y por favor a Nariño había dirigido la pintura en todo lo que pertenece a lo arquitectónico de planta y dibujo, y que con este motivo es cierto que entraba a la casa con frecuencia hasta aquellas piezas y que jamás ni por estudio ni por casualidad se le detuvo en la entrada, encontrando siempre las piezas abiertas sin reserva ni precaución, habiendo sido siempre bien recibido sin que jamás hubiese hallado en la casa persona sospechosa, y ni a Nariño en alguna ocupación ilícita, poco decente o que desdijese de un hombre de bien [...]

Cabrer y Rodríguez se dio a conocer años después por levantar en 1797 el plano de Santafé por comisión del virrey Mendinueta.

Las inscripciones

La enigmática disposición del Santuario despertó todo tipo de suspicacias durante el proceso de Nariño y su descubrimiento no hizo otra cosa que encender las alarmas de las autoridades por su evidente culto al “filosofismo”. Así, uno de los temas que más ocupó la imaginación de los fiscales fue el origen y el significado de las diferentes inscripciones que acompañaban los retratos. Según explicó extensamente el santafereño:

[Las inscripciones que] se hallan puestas a la filosofía, a la razón, y a Minerva, son propia producción del declarante; que la de la libertad, según la cita que está al pie de ella, es de Rousseau; pero que no la ha visto en este autor y sí en otro que no recuerda, y que si fuese necesario la buscaría entre sus libros y manifestaría; que otras cuatro inscripciones eran las que debían haberse colocado en el cielo de dicha pieza, como se reconoce del mismo diseño; que las de Cicerón y William Pitt; las de Jenofonte y Washington, las de Tácito y Raynal; las de Sócrates y Rousseau; las de Plinio y Buffon, son de propia producción del declarante; que la de Solón y Montesquieu, eran del mismo Solón; la de Platón, de Quintiliano; la de Franklin no es producción del declarante, y que es la misma inscripción que se puso en París en su misma casa, cuando estuvo en aquella corte de enviado de los Estados Unidos de América; que la de Newton, que está en latín y dice: et inducit illum in nubem, es de una estampa que le dio el bibliotecario don Manuel del Socorro Rodríguez, y que debe estar en el cuarto del declarante; que lo demás de otra inscripción en castellano es producción del declarante habiendo tomado del padre Almeida el concepto para el último renglón que decía: El cielo fue su morada; y que estas inscripciones eran para los plafones donde debían ponerse los retratos, como asimismo se reconoce del citado diseño; y últimamente, que la expresión que se halla entre las inscripciones de Platón y Franklin y dice: una cadena en el pedestal, fue puesta para recomendarse a la memoria que se habían de enlazar con ella los retratos que iban en cada plafón haciendo alusión a la conveniencia de sus ideas [...]

Franklin y Rousseau

De todas las inscripciones, la que más inquietó a la Real Audiencia fue la que acompañaba a Franklin. En un principio, el retrato de Franklin, considerado por Nariño como uno de los más grandes legisladores modernos, debía estar ubicado en la pared occidental del salón, dedicada a Minerva. Finalmente, lo ubicó en el pabellón del lado sur, dedicado a la razón. La inscripción, escrita originalmente en latín en el revés de un retrato de Franklin, del francés Anne Robert Jacques Turgot, rezaba: Eripuit coelo fulmen sceptrumque tyrannis (“Arrebató del cielo el rayo y el cetro a los tiranos”). Esa frase (famosa en Europa y América en 1778, cuando todavía las monarquías europeas se encontraban florecientes y el político bostoniano cosechaba, como pocos, los aplausos de los ilustrados europeos) aludía al descubrimiento del pararrayos y al espíritu republicano con el que Franklin figuró en la política. Las autoridades españolas debían conocer la popularidad del norteamericano y, en consecuencia, comenzaron a inquirir con especial detalle por la inscripción al santafereño.

Nariño se defendió aduciendo que había elegido el epígrafe porque era aplicable en las ciencias de la física y que no estaba dirigida al Gobierno español: según Nariño, además de ser esta una “interpretación odiosa a despecho de la razón”, la monarquía borbónica estaba lejos de constituirse en una tiranía, por el contrario, se trataba de una “monarquía fundada en la justicia y la equidad”. En cualquier caso, el hecho de que la frase circulara en todos los papeles públicos españoles ya lo eximía de culpa, así como el hecho mismo de tratarse de un apuntamiento privado.

Nariño también debió explicar con especial cuidado la frase atribuida a Rousseau: “aquel que es verdaderamente libre no necesita poner los brazos de otros al fin de los suyos para hacer su voluntad”. Según el santafereño, la inscripción no se refería a la libertad de gobierno, sino a la necesaria libertad personal de un “hombre particular”. Para Nariño, la definición de este hombre virtuoso y libre no podía ser considerada delito, pues según dijo “no puede ocultarse a V.A. que aquel hombre que se pueda servir a sí mismo y que sea tan sobrio que se baste, sin tener necesidad de otro para satisfacer sus necesidades, lejos de ser un hombre criminal, es un hombre virtuoso”.

Nariño: ¿masón?

Para algunos historiadores el sentido político del Arcano y el mensaje del Santuario parece evidente: los contertulios de Nariño hicieron parte del primer círculo masónico del Nuevo Reino de Granada, y su líder fue el primer masón de estas tierras. Para los investigadores Eduardo Ruiz Martínez y Luis Duque Gómez, por ejemplo, la tertulia del santafereño era en realidad una sociedad secreta que tenía como fin apuntalar las ideas revolucionarias e independentistas de sus miembros. Los símbolos empleados en el Santuario y en su biblioteca-librería, su amistad con el médico francés de Rieux (supuesto miembro de una logia francesa), el enigmático nombre dado a la tertulia y el apoyo recibido por Nariño durante sus correrías por toda Europa y el Caribe probarían tales asertos.

Aunque no es posible descartar esta idea de manera contundente, tampoco se puede asegurar que los miembros del Arcano eran masones. No sabemos si se regían por estructuras jerárquicas o se llevaban a cabo ritos. Lo que sí es un hecho es que Nariño no fue procesado por masón, cuando en otras partes de la monarquía ya se adelantaban esa clase de juicios. Como bien afirma el historiador Fabio Zambrano, no parece probable que el Arcano se haya constituido como una logia, aunque sí está presente en el Santuario cierta imaginería masónica: la “evidencia histórica tendería a demostrar que Nariño, más que un masón, era un ilustrado y amante de las tertulias […] más bien los contertulios usaban formas de sociabilidad política tomadas de la masonería y de la carbonería como los símbolos, fórmulas, grados y hasta juramentos secretos, sin llegar a tener carta patente que les autorizara a funcionar bajo los auspicios de una logia matriz”.

Más allá del debate sobre la existencia o no de ciertos elementos masónicos en el Santuario, es cierto que éste da cuenta de las incansables búsquedas de Nariño, de sus experiencias como lector y de sus expectativas como hombre ilustrado. El amplio abanico de personajes seleccionados, los detalles del plafón y los epígrafes son una síntesis conceptual de lo que buscaba el santafereño, al igual que la constelación de autores y lecturas que fueron sus referentes y fuentes doctrinales fundamentales: autores que leyó, que quiso leer, que quizá encontró referenciados en libros o periódicos, o que simplemente conoció a través de sus conversaciones. De este modo, el Santuario se constituyó en un espacio fundamental para la reelaboración de la cultura política colonial y la recepción y apropiación de un nuevo lenguaje político. La tertulia de Nariño no solo da cuenta de la riqueza y variedad de las posibilidades políticas del momento; también da cuenta de los esfuerzos de Nariño por hacer que la misma comunidad política, al margen de la iniciativa del Gobierno Real, comenzara a pensarse y a reconstituirse a sí misma a través de estas nuevas formas de sociabilidad que pusieron sobre la mesa una nueva manera de entender el mundo político. Una manera que en muchos sentidos ya es la nuestra.