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Nariño en la tertulia

Además de las reuniones que se llevaban a cabo en los conventos, colegios mayores e instituciones públicas, se sabe que para finales del periodo virreinal funcionaron por lo menos tres tertulias importantes en Santafé. Aparte de las “juntas” que se llevaban a cabo en la casa de Nariño, que fueron las primeras de la ciudad, estaban la “Tertulia Eutropélica”, fundada por el ilustrado bayamés Manuel del Socorro Rodríguez en 1792 y clausurada después de 1794, y la “Tertulia del Buen Gusto”, organizada por Manuela Sanz de Santamaría en su propia casa entre 1801 y 1808. Según se lee en las páginas del Papel Periódico de Santafé de Bogotá sobre la primera:

[Se trata de] una junta de varios sujetos instruidos, de ambos sexos, bajo el amistoso pacto de concurrir todas las noches a pasar tres horas de honesto entretenimiento, discurriendo sobre todo género de materias útiles y agradables.

El Arcano Sublime de la Filantropía

Aunque no es posible establecer con exactitud cuándo comenzaron las reuniones en la casa de Nariño, se sabe que la idea de organizar una tertulia le venía dando vueltas por lo menos desde enero de 1788. En una carta que le escribió el santafereño a José Celestino Mutis sobre su nombramiento como alcalde del segundo voto de la ciudad –juez en lo civil y en lo militar–, expresa sus deseos de “tener en casa una especie de tertulia o junta de amigos de genio que fuésemos adelantando algunas ideas, que con el tiempo pudieran ser de alguna utilidad”. Es razonable suponer, por lo tanto, que el proyecto tomó forma después de 1789, una vez el santafereño entregó la vara de alcalde. En efecto, entre los papeles incautados a Nariño en 1794 se encuentra uno que hacía referencia explícita a la fundación y los objetivos de su tertulia:

Me ocurre el pensamiento de establecer en esta ciudad una suscripción de literatos, a ejemplo de las que hay en algunos casinos de Venecia; ésta se reduce a que los suscriptores se juntan en una pieza cómoda y sacados los gastos de luces, etc., lo restante se emplea en pedir un ejemplar de los mejores diarios, gacetas extranjeras, los diarios enciclopédicos y demás papeles de esta naturaleza, según la cantidad de la suscripción. A determinadas horas se juntan, se leen los papeles, se critica y se conversa sobre aquellos asuntos, de modo que se pueden pasar un par de horas divertidas y con utilidad.

Según el santafereño, la idea había venido a su cabeza de leer libros muy conocidos en su época, escritos por religiosos peninsulares que habían viajado por España y el resto de Europa con el objetivo de hacer un balance intelectual del continente. Estas obras, como es previsible, se encontraban en su biblioteca al momento del embargo. Asimismo, el santafereño reconoció que varios asistentes –incluso algunos que habían declarado en su contra– “concurrían a su casa, [pero] no lo hacían a horas determinadas”.

Este círculo literario fue bautizado “Arcano Sublime de la Filantropía”. Según los diccionarios de la época, “arcano” significaba “lo mismo que secreto muy reservado, y de importancia”, por “sublime” se entendía “grande, excelso, glorioso, eminente, o alto”, y por “filantropía” “amor del género humano”. De este modo, en la tertulia de Nariño tenía lugar la alquimia ilustre de lo más elevado y de gran valor, del altruismo y de la inquietud por el “bien común” y los asuntos públicos.

Aunque también se trataba de “pasar un par de horas divertidas”, “tertuliar” era un ejercicio que iba más allá de la mera erudición y el divertimento, pues como afirmaba Nariño, este era un espacio donde “se leen los papeles, se critica y se conversa sobre aquellos asuntos”, y se pasaba el tiempo con utilidad, finalidad primera de la tertulia y principio rector de todo el movimiento ilustrado. La “utilidad pública”, el beneficio de todos y de cada uno, era objeto de la acción del Gobierno y también fin de la labor de los ilustrados, y en la medida en que las tertulias seguían los derroteros de la razón, conducían al provecho intelectual, a la felicidad general y al adelantamiento del Reino.

Los tertulianos

La tertulia de Nariño convocaba a lo más granado de los ilustrados locales: un grupo de criollos unidos por relaciones de amistad y parentesco, influenciados por diversas lecturas, y con un importante sentido de complicidad y lealtad frente a las conversaciones allí entabladas. En los papeles que las autoridades le embargaron a Nariño se mencionan algunos de sus nombres, que coinciden, en algunos casos, con los de aquellos a quienes el santafereño prestaba y vendía libros: su concuñado y abogado santafereño, José Antonio Ricaurte; el segundo marqués de San Jorge, José María Lozano; el presbítero y publicista, José Luis Azuola; el abogado bartolino, Luis Eduardo Azuola; Juan Esteban Ricaurte, padre de Antonio Ricaurte, el “héroe de San Mateo”; el abogado tunjano y corregidor de Pamplona, Joaquín Camacho; el abogado de Timaná y fiscal de la Real Audiencia de Quito, Andrés José de Iriarte; el canónigo ilustrado, Francisco Tovar, y por supuesto, su íntimo amigo, el naturalista antioqueño y miembro de la Expedición Botánica, Francisco Antonio Zea; los médicos extranjeros Luis de Rieux y Manuel Froes, el cirujano Santiago Vidal; su gran amigo, el ilustrado bugueño José María Cabal, y los estudiantes universitarios José Antonio Cortés, Luis Gómez, Enrique Umaña y Sinforoso Mutis –sin olvidar que parece bastante probable que asistieran en algún momento el mismo Pedro Fermín de Vargas y los ilustrados quiteños desterrados en Santafé: Juan Pío Montúfar Larrea, segundo marqués de Selva Alegre, y Eugenio de Santa Cruz y Espejo, abogado y médico notable–.

Un espacio ilustrado

Los tertulianos se reunían en la casa de Nariño guiados por la perspectiva del aprendizaje entre pares, por ciertas coincidencias intelectuales y por un profundo sentido de la amistad. El Arcano, así conformado, estimuló el uso colectivo de bibliotecas personales, el estudio autodidacta y el intercambio intelectual entre amigos y conocidos. Asimismo, propició que se consolidara una nueva forma de discutir y argumentar a través del examen de ciertas cuestiones y de la confrontación de opiniones informadas y siempre respaldadas en la razón. En la tertulia de Nariño se discutían sin reserva temas científicos, literarios, filosóficos y políticos; se conversaba sobre la importancia de las obras clásicas y de los “filósofos” del siglo, y se estudiaban los últimos acontecimientos atlánticos y las más recientes novedades políticas (“las cosas de la Francia” y “los sistemas republicanos de Filadelfia”).

También es probable que se discutieran algunas ideas de alcance subversivo y que se comentaran las posibilidades de que fueran realizadas en el Nuevo Reino: los avances de la Revolución francesa, incluida la decapitación de la pareja real, fueron rápidamente conocidos en todo el virreinato, al igual que los “sucesos de Francia”, aunque más con tono especulativo que con el vigor de un proyecto a realizar de manera efectiva. No obstante, la tertulia de Nariño abrió las puertas para que se discutieran nuevos puntos de vista sobre el manejo de lo público y nuevos derroteros sobre la vida en sociedad.

En este sentido, El Arcano se constituyó en un espacio privilegiado para que una parte importante del proyecto ilustrado local tomara forma y fuera ensayado. Sus participantes se imaginaban a sí mismos como desprovistos de intereses particulares y pasiones políticas, se reconocían como iguales en un espacio horizontal de discusión y, guiados por la razón, discurrían en pro de la comunidad política, hecho que no siempre fue visto con buenos ojos por los sectores más tradicionales. Según se lee en el discurso “Las extravagancias del siglo ilustrado” del clérigo Nicolás Moya y Valenzuela, publicado en el Papel Periódico de Santafé de Bogotá casi dos años después de que Nariño fuera aprisionado, y dirigido contra todos los “que afectan fundar la felicidad, la filantropía y [los] derechos del hombre destruyendo a la religión que es la base del bien público”:

… de creerse estos jefes del filosofismo unos entes nacidos para resucitar y proteger los derechos del hombre; sin embargo de afectar un arrebatamiento por la salud pública, y que juzgaron sorprender a los pueblos con su singularidad y patriotismo, no vemos en ellos sino la imagen del fratricida Caín, y que sobre ellos han caído las consecuencias del delito.

Una mirada crítica

El Arcano fue, algunas veces, un espacio complementario a la educación que recibían los neogranadinos en los colegios mayores de Santafé; y otras, un ambiente de formación alternativo. Todo parece indicar que allí se perfiló una de las mayores críticas públicas al sistema educativo neoescolástico seguido en la capital, conocido popularmente como Peripato. Según el historiador José Antonio Amaya, los conocidos artículos “Avisos de Hebéphilo a los jóvenes de los dos colegios”, publicados por Zea en 1791 en el Papel Periódico de Santafé de Bogotá, pudieron haber sido algunos de los productos intelectuales de la tertulia de Nariño. En este discurso, el ilustrado antioqueño esbozó el “cuadro filosófico de nuestra ignorancia y de nuestras miserias” e hizo un llamado frontal contra el “fanatismo” y el “yugo de la servidumbre filosófica”. Para él, los estudios impartidos en las colonias “deshonran [a] la humanidad”, “tienen la patria en vergonzosa languidez” y “solo sirven para formar ciudadanos inútiles que la sociedad mantiene a su pesar, y para conservar como un depósito precioso la barbarie, y la rusticidad”. Sin embargo, no todo estaba perdido, pues al margen de los estudios públicos, se vislumbraban ciertas figuras ilustradas, como el mismo Antonio Nariño, que llevaban sus “luces filosóficas” por todo el Reino:

Sería temeridad y aún insolencia negar que en Santafé hay muchas personas de exquisito gusto, y vasta erudición. Pero es cierto que estos grandes hombres solo sacaron de las Aulas el triste desengaño de no haber aprendido en ellas cosa buena. Se han formado por sí mismos: en su retiro, y en sus libros. Y esto, que a ellos les hace tanto honor, es lo que más desacredita la enseñanza pública. Esta se debe reformar: porque solo está reservado a los genios sublimes mudar de doctrina, y formarse en los Autores, el resto de los hombres sigue constantemente el camino, que le enseñaron.

Una iniciativa política

La tertulia de Nariño no solo puso en evidencia que el Gobierno virreinal no siempre podía acertar en el manejo de los asuntos de todos –contrario a lo señalado por la tradición y la teoría política de corte absolutista que sostiene la monarquía–, sino que allí se dio cuenta de cómo la misma iniciativa intelectual en la ciudad ahora no era monopolio exclusivo de la Corona o de la Iglesia: esta también podía florecer gracias al esfuerzo decidido de individuos ilustrados. Si bien las juntas en la casa de Nariño eran ampliamente conocidas por las autoridades virreinales, estas no dependían ya de su favor para llevarse a cabo. Los agentes del poder monárquico ya no eran los únicos apoderados de la felicidad pública y la prosperidad común del Reino. Zea lo expresó así en los mismos “Avisos...”:

Nadie ignora que los sabios son en las Repúblicas lo que el alma en el hombre. Ellos son los que animan, y ponen en movimiento este vasto cuerpo de mil brazos, que ejecuta cuanto le sugieren; pero que no sabe obrar por sí mismo, o salir un punto de los planes que le trazan.

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