Hoy todas son ganadoras y no es un lugar común decirlo. Es real que lo son

Por Beatriz Helena Robledo*

20 de noviembre de 2025

A través de una potente sucesión de escenas y voces de las bibliotecas finalistas, la jurada Beatriz Helena Robledo traza un retrato colectivo de comunidades que leen, resisten y transforman sus territorios.

Las mujeres se organizan para cuidar el páramo, las madres intercambian ropa y juguetes para los bebés en una alianza de economía circular; los lectores que van a la biblioteca a aprender bases jurídicas para defender sus derechos.

Los jóvenes, los bomberos, las enfermeras aprenden lengua de señas y los niños cuentan historias con el cuerpo, los gestos y las manos para eliminar barreras y que nadie quede excluido ni olvidado por no escuchar el ruido del mundo.

El Consejo comunitario afro pone resistencia, los quieren desalojar para construir un complejo turístico, y han logrado fortalecerse creando un recorrido cultural que resalta la historia de una comunidad asentada allí desde hace más de 200 años, como un antídoto frente al desalojo.

Las mujeres en la plaza de mercado hacen talleres de cocina en vivo, honrando la memoria de sus ancestros y entregando el legado; el río como camino y la plaza como encuentro. Mientras tanto, los adultos mayores recuperan la memoria del barrio que nació de las cenizas de una explosión por allá en el año 56. Hoy la memoria vive, se canta, se baila y abre caminos.

Las mujeres adultas siembran la huerta y enseñan a los jóvenes para qué sirve el cidrón, la albahaca y la altamisa. Construyen entre todos el manual de identidad, pues no quieren que otros cuenten su historia, convencidos de que la memoria necesita un futuro.

La música iluminó la oscuridad de quienes han perdido la vista, pero no el corazón, y las notas al tacto sonaron entre cuerdas, maracas y tamboras. En alianza con la academia, están encontrando el camino para reemplazar el pentagrama que es visual.

Las paredes de la biblioteca son coloridas y cuentan historias de luchas, conquistas, resistencias y actos de paz como queriendo sembrar una esperanza donde todo fue muerte, violencias, agresión y dolor. El ruido estridente de las motos no logró acallar el canto del coro llanero.

El cuerpo aprisionado se liberó a través de la voz y la palabra. Y los testimonios escritos fueron leídos por hombres y mujeres libres. ¿Qué tan lejos volarán sus palabras?

Los niños y las niñas con cuidado y paciencia de relojero coleccionaron plantas, hojas, flores y raíces, usaron pigmentos naturales, escribieron historias y elaboraron un herbario literario en el que conviven las recetas medicinales, con personajes legendarios de la región y en el picnic cambiaron la merienda por poemas e intervinieron las fotografías hasta crear visiones de mundos posibles.

Los sabedores entregaron sus secretos medicinales para sanar el dolor enquistado en el centro del miedo y hoy trenzan los saberes zenúes al calor de una olla comunitaria. Los estudiantes hacen su servicio social como lectores voluntarios.

Todo esto ocurre en las nueve bibliotecas que hoy han sido convocadas para honrar su esfuerzo, su trabajo, su entrega honesta y desinteresada. Hoy todas son ganadoras y no es un lugar común decirlo. Es real que lo son. Es un trabajo colectivo de país, un trabajo comunitario, comunión de todos aquellos que creemos en los lazos solidarios, en la vida que resiste, en la Macarenia Clavigera, la Ninfa de las aguas.